La política pertenece hoy, más al dominio de la civilización del espectáculo, que al del arte de gobernar, como bien lo atestiguó la campaña electoral venezolana que tuvo a un presidente-candidato que, por su limitación física (más allá de cuán grave es su enfermedad), obligó a todos los medios públicos y privados a exhibir en largas cadenas, sus cualidades histriónicas. En cambio Henrique Capriles recorrió centenares de pueblos y, contra la gran maquinaria millonaria propagandística del gobierno, se ganó a pulso, con un mensaje de reconciliación y unidad, a multitudes de ex “feligreses” del chavismo.
Hugo Chávez tuvo la enorme ventaja de abusar de todo el poder del estado: un consejo electoral parcializado; uso de dinero público para propaganda electoral; clientelismo con las necesidades urgentes de los pobres y amenazas contra beneficiarios de programas sociales y empleados púbicos de vengarse s en caso de que no lo apoyen ya que el sistema de votación es electrónico y muchos temen que no esté garantizado el secreto. (Está el precedente de 2004 cuando miles de personas que firmaron pidiendo la revocatoria del presidente fueron expulsados de sus trabajos cuando sus nombres ingresaron a “la lista Tascón”, reminiscente de muchas listas negras de la historia como las del McCarthysmo, Estalinismo, etc.).
Ante lo que es un desgobierno total por la ineficacia y negligencia, Chávez se desesperó al no poder mostrar grandes logros luego de 14 años en el poder con el mayor ingreso de petrodólares en la historia de Venezuela y sus discursos se tornaron más agresivos y torpes de lo usual. Ante un grupo de sindicalistas de empresas básicas del estado que pedían el justo pago de sus salarios, llegó a reclamarles que “se han acostumbrado a pedir” (un contrasentido para quien convirtió programas de alivio para los más pobres en un sistema de vida en lugar de un complemento de políticas de empleo y contra la inflación, a largo plazo). El candidato de la reelección también intentó desmentir que la explosión de la refinería de Amuay – con saldo de más de 40 muertos y de 100 heridos – no tuvo que ver con la partidización de PDVSA, la petrolera venezolana, que ha bajado su producción a más de la mitad que cuando él llegó al poder, y cuya estadística de accidentes se ha multiplicado. Con su inmensa megalomanía que lo desconecta del dolor ajeno, Chávez tuvo desafortunadas frases ante los familiares de los fallecidos: “Algún filosofo, no me acuerdo bien, dijo que la función debe continuar”. (¡No fue un filosofo, fue un animador de espectáculos como él!) También ha amenazado con una guerra civil de ganar la oposición.
Si Chávez es reelecto, sin fraude, se consolidará la cultura del clientelismo y la intimidación se acrecentará como instrumento político para gobernar a Venezuela, pero si Capriles logra la victoria, será una hazaña histórica porque no derrotará a un candidato, sino a lo que ha sido un fervor cuasi-religioso y despótico apoyado por millonarias sumas de dinero.

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