Las promesas de los candidatos de la campaña presidencial de Estados Unidos dan la ilusión de que el presidente tiene mucho más poder del que realmente se le concede. De todos los sistemas presidencialistas del mundo, quizá el de la potencia de Norteamérica es el que más limita al gobierno, puesto que el país tiene un sistema descentralizado en el cual cada uno de los estados tienen gran autonomía para que sus parlamentos y gobernadores apliquen sus propias políticas, y a nivel central, las decisiones del poder ejecutivo dependen del visto bueno de las dos cámaras del congreso nacional , de la Corte Suprema de Justicia y en lo económico, de la Junta de la Reserva Federal (Banco Central).
Si el gobierno de George W. Bush pudo entablar las guerras de Afganistán e Irak y políticas de seguridad con gran amplitud, es porque el trauma del 11-S de 2001 hizo sentir presión a la mayoría de congresistas y senadores que le otorgaron “carta blanca” para ir a la guerra, con o sin apoyo de la ONU, en base al criterio de su gabinete y él suyo propio (es decir, casi sin criterio). Un presidente estadounidense debe negociar sus decisiones con instituciones y contrapesos del estado creados por los fundadores de EEUU para evitar que la república se pudiese convertir en una tiranía, y por ende, muchas de las promesas electorales de los candidatos no reflejan lo que harán en caso de ganar. La realidad y los intereses geopolíticos se imponen sobre supuestas decisiones ética como atestiguamos en el caso de la parálisis del gobierno de Obama en el caso de Siria, con el tirano Hafez al Assad; las jugadas de “avestruz” que hace cuando China o regímenes aliados como Arabia Saudí o Bahrein reprimen, encarcelan o torturan a quienes se manifiestan en su contra.
Ante la realidad de un mundo de muchas potencias, cambios de prioridad por intereses estratégicos, y acontecimientos inesperados y globales como la “Primavera Árabe” o la crisis económica mundial, es imposible que Obama o Romney puedan mantener cualquiera de sus promesas aunque sí son claras sus tendencias: el actual presidente prefiere el multilateralismo, como demuestra el caso de la OTAN con Libia o intento de que la OEA manejase e golpe de 2008 contra el ex presidente hondureño Zelaya (la extrema derecha de su país lo critica de mermar la capacidad disuasiva que antes tenía EEUU y la extrema izquierda mundial de continuar con la misma política de Bush. ¡Los extremos se tocan aun contradiciéndose!), mientras que Romney, desde la oposición, se puede dar el lujo de prometer que de ganar, atacaría a Irán; conformaría una alianza para derrocar a al Assad; tomaría políticas severas si Hugo Chávez se perpetúa en el poder; etc.
Las elecciones, en cualquier país, son como tiendas en las que se venden promesas al mejor postor, y EEUU no es la excepción.

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