Egipto espera saber quién será su presidente a pesar de acusaciones de fraude entre los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta, ambos distantes, en origen e ideología, a las decenas de miles de protagonistas de su “primavera” del pasado año. En un ambiente caldeado y de gran confusión, millones de personas tuvieron que optar entre el ex primer ministro de Mubarak, Ahmed Shafik, y Mohamed Mursi, representante del partido de la islamista Hermandad Musulmana (HM).
Las frustradas mayorías egipcias ya estaban resignadas a votar por el mal menor: un candidato al que perciben como más de lo mismo de la dictadura que controla a Egipto desde la década de los 50, u otro que podría conducir a la sociedad hacia un régimen fanático religioso semejante al de reino de Arabia Saudita o Irán, entre otros. Sin embargo, tres días previos a los comicios el Tribunal Constitucional (TC) del país declaró inválida la elección de un tercio de los escaños de la Cámara Baja del Parlamento y el día después de los comicios los militares tomaron el control de esa institución.
Todos los partidos de oposición acusaron al TC de gestar un golpe de estado y trabajar para la Junta Provisional de gobierno manejada por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF, por sus siglas en inglés), y sin embargo el candidato islamista, Mursi, si bien hizo claro que esa decisión es una aberración, en lugar de patear el tablero, decidió seguir con su postulación a la presidencia. En un análisis de tan confusa situación pre-electoral Matías Zibell, enviado especial de la BBC reflexiona lo siguiente en su artículo del 16-06-12 titulado Elecciones en Egipto: Dios y el Estado: “Años atrás, cuando vivía en El Cairo, intenté sin éxito entender la dinámica política entre Mubarak (ex piloto de la Fuerza Áerea como Shafik) y la Hermandad, hasta que un entrevistado me la explicó en términos biológicos: se trataba, simplemente, de una simbiosis: Él los necesita para seguir basando su presidencia en el miedo que genera un posible gobierno islamista. Ellos lo necesitan para ganar adeptos criticando la corrupción de su administración secular, me dijo esta persona, cuyo comentario prosperó en mi memoria más que su nombre”.
Esta parece seguir siendo la lógica de lo que sucede en Egipto luego de las revueltas de 2011: la SCAF jugó inteligentemente sus cartas y permitió elecciones parlamentarias y presidenciales sin que aun se elaborara una Constitución, por lo cual, nadie sabe cuáles son las prerrogativas del futuro jefe de gobierno ni del congreso, por lo cual, se dan el lujo de ejecutar un golpe de estado bajo una fachada jurídica provisional ante un pueblo que desconoce la democracia. Una movida de sombras entre el jamsin – el viento espeso – del desierto del Medio Oriente.
Los militares tantean la reacción de las mayorías y según lo que ocurra, buscarán cómo hacerse de casi todo el poder o compartirlo, pero siempre conservando el verdadero control del estado en un país en donde muchos parece dispuestos a conformarse con la estabilidad del pasado (con menos corrupción), que la opción del fundamentalismo islámico.


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