En Bahréin, un país insular ubicado en el Golfo Pérsico, los organizadores de la reciente competencia del Gran Premio de Fórmula 1, no tuvieron ningún reparo en que la carrera se diese, con bombos y platillos, a pesar de las anunciadas protestas de manifestantes que no aceptan que un evento deportivo sea más importante para sus líderes, que la solución del gran cisma que divide a su sociedad.

En febrero del año pasado, en la Plaza de la Perla en la capital Manama, miles de personas protestaron exigiendo el fin de la monarquía y el establecimiento de un sistema en el cual la mayoría de la rama chiíta (unos 20% de los musulmanes del mundo, pero un 65% de los bahreiníes), no estuviese dominada por la minoría sunita. Entonces, el jeque Hamad bin Isa al Khalifa ordenó a su guardia una violenta represión que causó la muerte de decenas de manifestantes y autorizó que tropas de países vecinos del Golfo Pérsico y en especial, de Arabia Saudita, incursionaran al país para restablecer el orden. Aunque Isa al Khalifa ha hecho algunas reformas, aun 40 escaños del parlamento de 80 son seleccionados directamente por él.
Antigua colonia portuguesa y luego persa, Bahréin acusa a Irán de intentar derrocarlo por medio de grupos radicales chiítas que operan en el país, pero todos las naciones de la región – de mayoría sunita – y las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, (con una base naval establecida en Bahrein desde 1971), consideran que flexibilizar la autoridad de la dinastía gobernante podría crear una situación provechosa para el régimen persa. Ese es el trasfondo para comprender por qué, a diferencia de las protestas ocurridas en Tunez, Egipto, Libia, Yemen y Siria, en Bahréin la llamada “comunidad internacional” no se movilizó por los derechos de centenares de personas que, incluso hoy, siguen presos o han sido torturados, mientras que se proclama el valor de la democracia en otros países del mundo.

Nada nuevo bajo el sol, como el Eclesiastés advirtió desde tiempos antiguos, pues los pueblos y naciones siempre se han manejad por intereses y no por principios, y en el caso de Bahréin, como en los de Irak, Yemen, El Líbano y Siria, se hace evidente que el largo conflicto de 13 siglos entre sunitas y chiítas es la esencia del conflicto, con el agregado actual de intereses geopolíticos y energéticos que en el caso específico de más pequeña de las naciones árabes, se disputan dos regímenes vecinos que mueven sus fichas: el poderoso régimen fundamentalista chiita de Irán y el millonario régimen fundamentalista de Arabia Saudita que controla los lugares sagrados del Islam, La Meca y Medina.

Ajenos a este gran juego de poder, en el cual la indiferencia del mundo cumple un rol trascendental, se realizó el Gran Premio de Fórmula 1 mientras que en Bahrein no se consigue una fórmula para que miembros de dos ramas del Islam coexistan en armonía.




Tabucchi





