La mayoría de los actuales países del Medio Oriente tienen su origen en el desmembramiento del Imperio Turco Otomano luego de la I Guerra Mundial cuando la Liga de las Naciones creó un sistema de protectorados (colonias provisionales) del que eventualmente surgirían, Arabia Saudita, Jordania e Iraq, del mandato británico, y Siria y El Líbano del francés.

En 1922 los británicos dividieron a la provincia de Palestina entregando a los árabes el control del territorio al Este del río Jordán (entonces Transjordania, hoy Jordania) y mantuvieron el control de la parte oeste que luego de 1948 se independizó en lo que hoy son Gaza, Cisjordania e Israel.

Gran Bretaña entrego territorios a su aliado árabe de la Gran Guerra, Husayn Iben Ali, conocido como el “protector de La Meca” (un privilegio heredado por los líderes del clan Hachemita de la tribu de Quraish, en Arabia, al cual perteneció el fundador del Islam, Mahoma). De esta manera, dos hijos de Husayn recibieron territorios para extender el poder de la dinastía hachemita: Abdalá I se convirtió en rey de Jordania e Iraq pasó a manos de Faisal I, cuyo hijo fue destronado y asesinado por militares que la convirtieron en una república gobernada por dictadores, con Saddam Husein como él último de ellos. Husayn fue derrocado por la dinastía saudí en 1926 y así, solo Jordania quedó como el único país con un monarca hachemita a la cabeza, hoy, el bisnieto de su primer rey, Abdalá II.
La razón de la supervivencia de la monarquía jordana se debe a la habilidad y gran popularidad que supo ganar el padre de Abdalá II, el rey Hussein. Si bien Jordania apostó durante años, junto al resto de los países árabes, a la destrucción del Estado de Israel, Hussein comprendió en la década de los 80 que le convenía desprenderse de sus aspiraciones en Cisjordania – controlado por Jordania desde 1949 a 1967 – y dejar que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) fuese el único representante de los habitantes de ese territorio bajo control militar israelí. Después del Acuerdo de Oslo de 1993 entre el gobierno israelí de Rabin-Peres y la OLP de Arafat, Jordania se convirtió, luego de Egipto, en el segundo país árabe en firmar un tratado de paz con la vecina nación en 1994.

Rabin (izq) estrecha la mano del Rey Hussein (der) con Clinton como mediador en el tratad de paz entre Israel y Jordania
Durante décadas la monarquía hachemita jordana se mantenía en una frágil cuerda floja por la cantidad de refugiados que recibieron, primero de la guerra de 1948-49, cuando se creó Israel, y luego por la “Guerra de los Seis Días” de 1967. Fue así como Jordania se vio abrumada por una masiva presencia de árabes provenientes de Israel y Cisjordania. (Incluso, el rey debió aplastar una rebelión encabezada por la OLP en 1971 en su territorio y expulsó a la milicia de Arafat que se traslado a El Líbano). Hussein se propuso crear una identidad propia jordana, diferente a la de los árabes de Cisjordania puesto que la diáspora árabe-palestina post-1948 conforma más del 30% del país, y logró con éxito que la mayoría de la población de su país se sienta integrada a una visión nacionalista jordana aunque persisten varios campos de refugiados en el país.
Abdalá II, educado en Gran Bretaña al igual que su padre, también es querido por la mayoría de los jordanos (¡y qué decir de su esposa Rania, perseguida por los paparazzi europeos!), y aunque ya había iniciado una serie de reformas para otorgar más poder al primer ministro y al parlamento del país, ante la ola de las recientes protestas populares en el mundo árabe, ha anunciado que profundizará aun más los cambios políticos y económicos que su pueblo reclama.
El reto de Jordania luego de la llamada “Primavera Árabe” no es el libio de integrar a diversas tribus árabes; ni el yemenita de lidiar con grupos separatistas chiítas en el norte y zonas tomadas por Al Qaeda; ni el de Bahrein ni Siria en donde una minoría de una rama del Islam gobierna sobre una mayoría. En Jordania, el reclamo, por el momento, es el de calidad de vida ante los altos niveles de pobreza, el incremento de precios de alimentos y cierto grado de corrupción en el gobierno. Por ahora, el islamismo radical del Frente de Acción Islámica (FAI), brazo político de la Hermandad Musulmana (la misma que existe en Egipto y otros países árabes), no ha representado una mayor amenaza al régimen, aunque la ubicación del país, entre Arabia Saudita e Irak, lugares ansiados por el Irán chiíta y la Al Qaeda sunita, por sus lugares sagrados del Islam y sus riquezas petroleras, han hecho que los monarcas jordanos se muevan con mucho pragmatismo.

El verdadero rostro de Jordania es el de integrar a una gran cantidad de refugiados palestinos, cuya realidad social, es muy lejana al de la tez de Rania.


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