Por segundo año consecutivo la Navidad fue seleccionada por grupos islamistas radicales como fecha de inicio de acciones violentas contra iglesias, ciudadanos cristianos y objetivos políticos de Nigeria. El gobierno de Abuya busca a miembros del grupo Boko Haram (“La educación occidental es pecado”, en lengua hausa, la segunda africana más hablada en el país) aunque no se descarta que algunos de los atentados fuesen ejecutados por otras organizaciones que buscan instaurar la ley islámica (shaaria) por medios violentos, Boko Haram reivindicó la matanza de más de 20 personas el pasado 7 de enero en el estado de Adamawa y la más reciente del 23 de enero, en la ciudad de Kano, en donde murieron 178 civiles.

Como todo “estado fallido”, en donde los gobiernos no logran controlar gran parte de sus territorios, en Nigeria los grupos extremistas islámicos, además de las filiales de Al Qaeda en África, han conseguido terreno fértil para organizarse y actuar impunemente, especialmente en el Sahel (países por donde atraviesa el desierto del Sahara), en donde los musulmanes son mayoría pero existen significativas comunidades cristianas. Común a estas naciones son las múltiples divisiones étnicas y tribales heredadas por el funesto colonialismo europeo y la falta de presencia estatal. Además, en el caso de Nigeria – el país más poblado de África con 150 millones de habitantes y uno de las más extensos – se repite “la maldición” de las naciones ricas en oro negro: el quinto productor de petróleo en el mundo, como ocurre con las naciones del Golfo Pérsico, Rusia, Venezuela, etc., recibe grandes ingresos por su exportación, y sin embargo tiene un estado muy corrupto (con una historia prolífica de dictaduras), y una de las sociedades con mayor desigualdad social en el planeta.

Al igual que los cristianos de Nigeria, los del África de mayoría musulmana, y ahora en la parte norte árabe – con el empoderamiento de partidos islámicos en Tunez, Marruecos y Egipto – crece el temor de esta minoría de ser víctima de discriminación y violencia. No hay que olvidar que la división de Sudán en julio de 2011 provino por presión internacional luego de muchos años de la ejecución de un genocidio contra población no árabe, cristiana, en la provincia sureña de Darfur, perpetrado por milicias del régimen islamista de Omar al Bashir, solicitado por la Corte Penal de la Haya. Los cristianos de Eritrea, Chad y Somalia están a merced de Al Qaeda y grupos fanáticos que lo rivalizan; y lo mismo ocurren en el mundo árabe, con los coptos de Irak – ahora sin la protección estadounidense – y los de Egipto, quienes corren peligro existencial.

El islamismo radical es un peligro para el mundo, pero más, para las minorías religiosas en países como Nigeria en donde se expanden sus tentáculos, y aunque su presidente, Goodluck Jonathan, tiene la mejor intención de luchar contra la enfermedad contagiosa del fanatismo, hará mucho más que good luck (buena suerte) para conseguir la cepa del remedio. Hace falta un estado fuerte, pero entre la corrupción y las rivalidades étnicas, la balanza no parece estar a favor del gobierno.

Goodluck Jonathan
excelente artículo ariel