¡Noruega perdió su inocencia!, titularon algunos diarios tras los recientes atentados perpetrados por Anders Behring Breivik, quien colocó una bomba junto al edificio principal del gobierno en Oslo, y el posteriormente, manejó 40 kilómetro a las afueras de la capital, en donde tiroteó a decenas de jóvenes que disfrutaban en un campamento vacacional del partido laborista en la isla de Utøya, en el día más trágico vivido por esa nación desde el período de la II Guerra Mundial.
Quizá, la mayoría de los más de 4 millones de noruegos jamás imaginaron que una pesadilla semejante podría ocurrir en su apacible sociedad, lugar en donde anualmente se entregan los Premio Nobel de la Paz, y sin embargo, es probable que la clase política, liderada por el actual primer ministro laborista Jens Stoltenberg, también uno de los aparentes objetivos del atentado junto a la sede de gobierno, sí creían que su nación podía ser atacada por terroristas, pero no provenientes de su propia sociedad, sino, por grupos foráneos. Después de todo, Noruega es parte de la OTAN, y todos los países de esta organización militar trasatlántica han sido amenazados por Muamar Gadafi, con acciones suicidas, por su participación en los bombardeos contra sus tropas e instalaciones de gobierno (Noruega anunció que disminuirá su presencia en Libia de seis cazabombarderos a cuatro, para el primero de agosto), y también, como parte de las fuerzas aéreas de la OTAN en Afganistán, le valió una amenaza directa del, ahora número uno de Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri, por “participar en la guerra contra los musulmanes”.
Hay que recordar que en 2006, un tabloide noruego reeditó las caricaturas de Mahoma impresas en un diario danés que causaron violentos disturbios de musulmanes en varias partes del mundo, en incluso la embajada de Noruega fue quemada en Siria. En julio de 2010, tres inmigrantes musulmanes fueron arrestados en Alemania y Noruega por planear atentados con explosivos de peróxido y según las autoridades judiciales, las investigaciones demostraron sus vínculos con Al Qaeda.
Todo lo anterior explica por qué para los líderes políticos y militares noruegos no hubiese sido una sorpresa los atentados que dejaron más de 90 víctimas mortales si hubiesen sido hecho por islamistas o gente de Gadafi, pero lo que no estaba en sus cálculos, era la posibilidad de que un joven fanático religioso cristiano con ideología conservadora xenófoba y anti-musulmana, de clase media y de amplia cultura, hasta el punto que basado en novelas futuristas como “1984”, imaginó una Europa dominada por los musulmanes, dentro de 70 años, en un texto al cual llamó “Declaración de la independencia europea 2083-A”, en el cual se define como un “caballero templario” – como los que lucharon contra musulmanes en época de las Cruzadas – y anuncia que su destino es el de advertir a Europa de tal condena, insinuando su rol de ejecutar “acciones atroces, pero necesarias” que implican “eliminar primero a las doctrinas políticas multiculturalistas y marxistas”, representado por los laboristas.
Por eso, para este fanático, como a todo extremista de cualquier ideología, religión o cosmología, el fin justifica los medios, y asesinar a civiles desarmados en un acto de “amor” que dejó a todo un país con la sensación de desesperanza y tormento que nos da la famosa serie de cuadros del noruego Edvard Munch, “El Grito”.
Otro cuadro de Munch, que podría señalar el sentimiento de conmoción y tristeza de la población en estas circunstancias seria el «Atardecer en la Calle Karl Johan»


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