El cineasta Oliver Stone dedica al presidente venezolano Hugo Chávez un film, lo estrena en Venecia, y lo presenta como un pacifista y demócrata, y logra un audaz vuelco (twist) de la esencia de su protagonista, quien usualmente se define como un soldado y se jacta de haber sido golpista. Entonces, Oliver, el del “twist”, sueña con un mundo que tenga una docena de mandatarios como el “comandantísimo”, y comete la imprudencia de decirlo el mismo día cuando el presidente del país anfitrión del festival de cine, Berlusconni, declara que “todos los italianos quieren ser como yo”. Y así, en un solo día, Italia reivindica su forma de bota con dos mandatarios ególatras y mediáticos convencidos de ser apóstoles de la felicidad humana.
Chávez se cree el “twist” del compañero Oliver, aunque piensa que ya hay una docena de buenos mandamases como él en la tierra y no es casual que interrumpe su gira para visitarlos, con su presencia en Venecia, ciudad cuyo nombre le recuerda el de la “pequeña Venecia”, osea Venezuela, a la cual se digna a visitar ocasionalmente.
Mientras Chávez observa la película que le financió Stone, seguramente se regocija que el director lo eligiera a él, y no a sus amigos del alma que ha ido a visitar, como por ejemplo Khadaffi -a quien fue a felicitar por cumplir 40 años en el poder- y a otros ya encaminados a superar el record de Fidel Castro con 50 años mandando, como Lukashenko de Bielorrusia, Bouteflika de Argelia, Mugabe de Zimbabwe, Bashar al Assad, dictador de Siria, y del presidente de Turkmenistán, Berdymuyamdov, sucesor a dedo del fallecido y estrafalario Niyazov.
“¡Qué raro que Oliver no eligiera a mi amigo Putin, o al gran revolucionario y demócrata Ahmadineyad a quien abracé ayer en Irán!”, se pregunta Chávez, pues ellos también tienen petrodólares para seducir al gran director, tan diferente de aquel otro, Chaplin, el que ironizó la locura del poder en su film “El Gran Dictador”. Y continúa pensando, sentado en su butaca junto a Oliver – protegido de la fama y la cordura por la oscuridad de la sala de cine – si en el fondo no hubiese sido bueno que su amigo gringo hiciera un documental del turcomano Niyazov, quien obligó a los infantes de su país a memorizar un texto de moral y civismo. “¿Será de él de quién se inspiro para la ley de educación que promueve en Venezuela?- se pregunta, puesto coincide con Niyazov que aun cuando no es de su agrado que el país este repleto de su imagen en lugares públicos, ¡que se va a hacer!, si “es lo que la gente quiere”-se repite.
En la penumbra de la sala de cine Chávez se maravilla con la santificación que le hace Oliver como hombre de paz, sin percatarse que cuando acabe la función, quizá tenga que responder a periodistas oligarcas, si convocará una cumbre contra el armamentismo en Sudamérica – como la que organizó contra Uribe – puesto que a Lula, no se le ocurrió otro día para firmar la compra más millonaria de las últimas décadas, entre un país de la región con una potencia extranjera como Francia. “No puedo dejar mal parado a Oliver” – se dice a sí mismo en uno de los pocos momentos que no habla para los demás – y si su amigo cineasta, lo percibe como un pacifista, no debería defraudarlo.
¡Menos mal que no está en la pequeña y empobrecida Venecia!, porque allí le estarían reclamando sus seguidores una cruzada a lo Mel (Gibson y su “Pasión) o a lo Mel (Zelaya jurando sangre en Honduras), para detener la alianza entre Brasil y el imperio napoleónico instalado en Colombia, su frontera sur (“South of the Border”, ¿queda mejor en inglés como la película de Oliver, no?). ¡Pero atacar al hermano Lula!, ¡No, ni de vaina! Y para no pensar más en el asunto intenta concentrarse en el film de un director siempre interesado por el dinero fácil, como “buen izquierdista” norteamericano, y por personalidades obsesionadas con el poder como los ficticios personajes de sus películas sobre Nixon, W.Bush y Fidel Castro (por quien seguramente siente una enorme Fidelidad con F mayúscula).
¡Lástima por el boom armamentista latinoamericano! El único hombre que debería ser clonado por docenas en el mundo, capaz de detener la alianza militar imperialista de Lula, de ayudar a derrotar al narcotráfico y a la guerrilla en Perú y Colombia, de mediar con absoluta neutralidad para una salida al mar para Bolivia, y de ayudar a Obama a convencer al congreso norteamericano de hacer una reforma de salud pública masiva, puesto que tiene experiencia en masificar la pobreza y las divisiones en su país, no tiene alternativa (aunque sea el líder del alba, la “alternativa bolivariana”), ni mucho menos tiempo para dedicarse a estos asuntos.
Al mismo tiempo que nace una estrella para Hollywood, también renace el género del teatro del absurdo matizado con el realismo mágico latinoamericano.






