Columnista invitado: Ariel Segal.
Es por gente como tú que cree en el mercado”, me dice resignada Chachi. Yo le intento explicar que yo creo en la libertad, no en el mercado. Ella dice: “¡Es lo mismo!, la libertad económica”.
– “Yo creo en la libertad de expresión, de opinión y, en economía, una mezcla balanceada de libertad y ciertos controles” –le digo–. ”Pero, ¿qué sé yo?, yo solo soy profesor y analista”.
Chachi sugiere no continuar con la discusión porque se ha dado en diferentes versiones, ocasionalmente, cuando paso a deambular por los estantes de la librería El Virrey –que en poco tiempo se mudará de la calle Dasso–, que el mercado marcha bien para el sector inmobiliario pero no para las librerías, y si alguna vez los dueños del local fueron sensibles a la cultura, ahora no transigen a un alquiler sensato para una catedral de libros y de conversaciones, en la cual aún los libreros son más importantes que las computadoras.
¿Cuál es el drama de que un negocio cierre en un lugar para mudarse a otro?, se preguntarán legítimamente quienes no son asiduos vecinos de la librería El Virrey de Dasso. Objetivamente, no lo hay, pero los símbolos son subjetivos, y la librería fundada por la pareja Sanseviero en 1973, y ampliada por sus hijos con anexos que incluyen la librería anticuaria Sur –con anaqueles repletos de obras antiguas, grabados, mapas y manuscritos–, es una institución que, por definición, debería ser preservada en el lugar en el que fue instituida.
Si la casa de Arequipa donde nació el ahora premio Nobel Mario Vargas Llosa ha sido decretada patrimonio cultural de la nación, ¿por qué no hacer lo mismo con la librería de Lima que más se esmera en parecerse a lo que fueron las antiguas librerías? Y si la mayoría de sus usuarios son de la próspera San Isidro, ¿por qué alguna empresa no colabora en ayudar a que El Virrey se quede en donde fue concebida?
No creo que el problema sea el mercado, y si hubiera comunismo, El Virrey no podría ofrecer la variedad ni calidad de autores y textos que solo la libertad ofrece. Por eso me inclino a pensar que el problema se trata de algo tan universal como la codicia, que trasciende a ideologías y utopías, y a la indiferencia de quienes se lamentan, pero al fin y al cabo, este asunto es quijotesco (El Quijote es sinónimo de literatura, ¿no?).
Cambiar a El Virrey de lugar para poner en su lugar otra construcción –especie de torre comercial– sería en una partida de ajedrez, un enroque desafortunado y forzado para una calle repleta de negocios en los que no abundan lugares en donde se pueda “viajar” por mundos imaginarios que solo la lectura proporciona.
Yo se que me pueden apedrear y que mi comentario les puede parecer prozaico pero me recordo a ¿tienes un e-mail? digo si alguien la vio. Lo que si se es que siempre he sido una asidua lectora y y y si me he dado cuenta que en multiples ocasiones en las librerias de centros comerciales no saben de literatura, claro con sus exepciones no puedo generalizar. Pero yo creo que seria mejor las librerias tradicionales se siguieran conservando bua bua una utopìa.