Artículo actualizado e inicialmente publicado en Julio del 2008….
Algunos, en la victoria deportiva, se enorgullecen de “vestir la camiseta de la selección” o en la derrota, de “dejar el pundonor en el terreno de juego”, mientras que a otros se les escapa una desafortunada frase luego de un más desafortunado partido, durante ese ritual que llamamos “ruedas de prensa”, y dicen cosas como: “…dejo el patriotismo para los que van a la guerra”.
Durante el Mundial Sudafrica 2010, durante un entrenamiento de la selección francesa, el futbolista Nicolas Anelka insultó procazmente al entrenador Raymond Domenech, y alguien lo delató, por lo cual, hecha pública esta noticia, no quedo más remedio que expulsarlo de la selección en pleno campeonato. La exclusión de Anelka – quien seguramente le dijo a Domenech lo que el resto de los jugadores y fans de la selección francesa anhelaban decirle a este displicente entrenador – hizo que el capitán del equipo, Patrice Evra, manifestara que “se debe eliminar” al “traidor” que filtró esa información a la prensa.
El futbol tiene leales y traidores, como todas las guerras, y éstas no son exclusivos asuntos de patriotismo pues siempre han existido mercenarios, soldados que la hacen por órdenes, e incluso, autómatas adoctrinados para matar y morir en nombre de dios, ideologías o por instinto de destrucción (lo que Freud denominó “pulsión de muerte”). Sin embargo, cuando se trata de campeonatos mundiales y regionales, negar el patriotismo es casi una herejía para quienes ponen en los pies de una selección, – porque en este caso no es en las manos, – la identidad nacional.
El fútbol tiene un poder casi sobrenatural sobre millones de personas y por eso ha sido opio para pueblos, utilizado por dictadores como Mussolini o Videla; fue última excusa para guerras como la de Honduras y El Salvador en 1969; genera violencia y muertes en diversos grados y gradas, e incluso, puede convertirse en “la continuación de la guerra por otros medios” como en aquella revancha por las Malvinas que protagonizaron Argentina e Inglaterra en el Mundial de México 86.
El entrenador de la selección de Perú, Chemo del Solar, tuvo razón “pero igual va preso” cuando minimizó el significado patriótico de una goleada que recibió su equipo contra Uruguay en la fase eliminatoria del Mundial Sudáfrica 2010. En cambio, el técnico holandés de Rusia, Guus Hiddink, sí comprendió “filosóficamente” lo que es el fútbol para millones de personas, y por eso se adelantó a ironizar que quería “ser el traidor del año en Holanda “y con mayúsculas”, antes de que, efectivamente, su equipo derrotara a “La Naranja Mecánica” en cuartos de final de la Eurocopa 2008.
En el mismo campeonato, Lukas Podolski, jugador de Alemania, también fue sabio cuando al meter dos goles contra Polonia se preocupó en no mostrar alegría y luego del juego expresó que su corazón es del país en donde nació. Aun así, el partido derechista polaco, La Liga de las Familias, exigió revocar su nacionalidad, así como el político racista Le Penn, reclama desde hace años, que futbolistas de origen africano, árabe o caribeño no deberían jugar para el equipo de Francia. Estos ejemplos muestran el estado del chauvinismo e hipocresía en Europa, que ahora se traduce en draconianas leyes de inmigración, a menos que se trate de nacionalizar a futbolistas talentosos.
Así de serio se toma al fútbol: una religión de ateos, como lo definen algunos, o una ideología totalitaria, como la catalogan otros, y por eso, en nuestro balón tierra del sistema solar, conviene medir cada palabra, porque como diría el aprendiz de un viejo tirano caribeño, esto es asunto de Patria, Fútbol o Muerte.
Un artículo sobre “jugadores traidores” se puede leer en:
También, una reflexión sobre los inmigrantes turcos en Alemania a propósito de la participación del futbolista de Mesut Özil, en la selección de ese país:
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